UN PASEO EN MI MEMORIA
Me gusta pasear por las calles de mi barrio en las tardes soleadas de primavera. Están llenas de gente que camina, que juega, que dialoga, que mira y busca ser vista. En definitiva, están llenas de vida. Suelo andar pausadamente mirando a la cara de las personas con las que me voy cruzando, intentando vislumbrar en ese contacto casual y fugaz lo que piensan, cómo son, si están contentos o tristes y que razón puede haber detrás de esa expresión. Alguna vez, al rato de que se hayan cruzado nuestros pasos me pregunto ¿quién era esa persona cargada de arrugas que me ha saludado levemente al pasar? Creo haber notado que sus ojos se han vuelto hacia su propio pasado cuando me han visto. Pienso si recuerdo esa mirada de otros tiempos, más brillante, tal vez más enérgica. Y en ocasiones, como hoy, vislumbro una imagen lejana de alguien que habla. Alguien que cuenta siempre los mismos chistes sobre comunistas, republicanos y la peseta. Alguien que llena pizarras con un cierto cansancio nacido de la repetición, muchas veces estéril, del las mismas cosas, las mismas ideas.
Y entonces me acuerdo y siento que aún puedo notar en la nariz el olor de borradores y pizarras húmedas. El murmullo insistente de decenas de susurros contenidos. El repentino e insoportable rechinar de las tizas sobre las superficies enceradas. Recuerdo perfectamente la temperatura y el olor a humanidad hacinada que había en aquellos espacios cerrados ocupados por más de 100 personas.
¿Cuanto tiempo habrá pasado ya? ¿Cuántos de nosotros habrán pasado por sus manos año tras año? ¿Seguirá intentando dibujar ideas en la mente de la misma manera que dibujaba ecuaciones en la pizarra? Me paro un momento a pensarlo y me descubro anonadado al imaginar la longitud de una hipotética cola en la que nos situáramos ordenadamente todos y cada uno de nosotros, aquellos que de alguna manera hemos quedado marcados por ese viejo maestro. Cientos de personas que han sido un poco mejores o un poco peores por haber estado bajo esa mirada cansada con la que hoy me he cruzado.
Me siento y sigo pensando en ello, saboreándolo ¿Cómo lo habrá conseguido? Cientos de ojos. Un día y luego otro, y después uno más. Ojos hambrientos de conocimientos, ansiosos de exprimirle con glotonería. Ojos indolentes, aburridos y pese a todo, presentes. Ojos adormecidos y apagados, totalmente incapaces de encontrar esa puntita de entusiasmo imprescindible para poder hacer cualquier cosa. Cómo se supera esa barrera todos los días y se guarda para uno mismo la suficiente energía para vivir el resto de cada jornada. Me lo imagino dejando las aulas con la mente ya puesta en alguna pasión más o menos oculta. Alguna tarea tranquila y absorbente que le permita crearse esa laguna tranquila donde uno puede refrescar su alma del cansancio, la frustración o el desánimo. Tal vez explore viejos legajos polvorientos buscando mundos perdidos. O siga con meticulosa precisión la etimología de una palabra casi desaparecida. No lo sé, pero si sé que me gustaría haber correspondido el saludo para poder desentrañar ese otro mundo que nunca llegué a conocer de aquel viejo profesor mío. Y aprovechar que los años nos hayan acercado para poder aproximarme a su vez a él y haberle hecho todas las preguntas en las que ahora pienso y muchas más.
No importa, mañana seguro que saldrá el sol primavera y volverá a encontrarme paseando por mi barrio. Y si la fortuna me es propicia volveré a encontrarme con él y podremos recordar el tiempo aquel en el que él me enseñaba y yo aprendía. Y. curiosamente, podré hacerle preguntas y, después de todo, él seguirá enseñándome y yo, aprendiendo.
Y entonces me acuerdo y siento que aún puedo notar en la nariz el olor de borradores y pizarras húmedas. El murmullo insistente de decenas de susurros contenidos. El repentino e insoportable rechinar de las tizas sobre las superficies enceradas. Recuerdo perfectamente la temperatura y el olor a humanidad hacinada que había en aquellos espacios cerrados ocupados por más de 100 personas.
¿Cuanto tiempo habrá pasado ya? ¿Cuántos de nosotros habrán pasado por sus manos año tras año? ¿Seguirá intentando dibujar ideas en la mente de la misma manera que dibujaba ecuaciones en la pizarra? Me paro un momento a pensarlo y me descubro anonadado al imaginar la longitud de una hipotética cola en la que nos situáramos ordenadamente todos y cada uno de nosotros, aquellos que de alguna manera hemos quedado marcados por ese viejo maestro. Cientos de personas que han sido un poco mejores o un poco peores por haber estado bajo esa mirada cansada con la que hoy me he cruzado.
Me siento y sigo pensando en ello, saboreándolo ¿Cómo lo habrá conseguido? Cientos de ojos. Un día y luego otro, y después uno más. Ojos hambrientos de conocimientos, ansiosos de exprimirle con glotonería. Ojos indolentes, aburridos y pese a todo, presentes. Ojos adormecidos y apagados, totalmente incapaces de encontrar esa puntita de entusiasmo imprescindible para poder hacer cualquier cosa. Cómo se supera esa barrera todos los días y se guarda para uno mismo la suficiente energía para vivir el resto de cada jornada. Me lo imagino dejando las aulas con la mente ya puesta en alguna pasión más o menos oculta. Alguna tarea tranquila y absorbente que le permita crearse esa laguna tranquila donde uno puede refrescar su alma del cansancio, la frustración o el desánimo. Tal vez explore viejos legajos polvorientos buscando mundos perdidos. O siga con meticulosa precisión la etimología de una palabra casi desaparecida. No lo sé, pero si sé que me gustaría haber correspondido el saludo para poder desentrañar ese otro mundo que nunca llegué a conocer de aquel viejo profesor mío. Y aprovechar que los años nos hayan acercado para poder aproximarme a su vez a él y haberle hecho todas las preguntas en las que ahora pienso y muchas más.
No importa, mañana seguro que saldrá el sol primavera y volverá a encontrarme paseando por mi barrio. Y si la fortuna me es propicia volveré a encontrarme con él y podremos recordar el tiempo aquel en el que él me enseñaba y yo aprendía. Y. curiosamente, podré hacerle preguntas y, después de todo, él seguirá enseñándome y yo, aprendiendo.

2 Comments:
Caram! amb qui et vares trobar?
Ya sé qué profe es. Pero es lo de menos, ¿verdad?. Lo importante es que sigan habiendo educadores como él; todavía, en este mundo, casi siempre, hostil.
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