EL CAMINO DE SANTIAGO – Día 2, Porto Marín a Palas del Rey –
Me despierto hacia las cinco de la mañana por el movimiento de muchos otros peregrinos que ya se ponen en camino, pero personalmente no estoy preparado para estos madrugones y sigo durmiendo. Hacia las seis y media es Paco, que por cierto lleva dormido desde las nueve de ayer, el que decide que ya es hora de ponernos en camino ¡Ni siquiera es de día aún! Así que nos levantamos, nos lavamos la cara (en realidad esto último es mentira, el baño está como para no entrar sin refuerzos de una unidad de contención biológica. Aún no estoy preparado para un baño así) y nos vamos a desayunar. Que Dios bendiga a los gallegos que trabajan en la ruta, ya han abierto, y eso que ayer mismo por la noche la misma chica que me hace el café estaba sirviendo las cenas.
Comenzamos la jornada de viaje y, ¡premio!, está lloviendo. Y sigue lloviendo hasta que se me empapan las tres capas de ropa que llevo puesta (sí, ayer tomé buena ropa del clima y hoy me he puesto dos camisetas y una sudadera que me he comprado). Hoy parece que nuestros compañeros de viaje van a ser las señoras de entre 45 y 55 años. Primero nos cruzamos con “The chanclas Challenge” que nos adelanta a toda leche vestida con pantalones cortos de felpa de mercadillo, un jersey recuerdo de Albacete y un chubasquero cutre de los que se venden en las atracciones de Port Aventura. Pero lo impresionante de verdad son las auténticas chancletas de playa que calza con calcetines de lana. Mientras nos deja atrás, creo que paco y yo nos preguntamos avergonzados que para qué narices tanta bota de montaña. Poco después nos adelanta una trouppe de marujas que en lugar de mochilas cargan con bolsas de Carrefour. Si uno se para a pensarlo tiene su lógica. Esas señoras, mochila no han llevado en su vida, pero sin embargo tienen el culo pelado de ir de un lado a otro a carrera de mandamiento, cargadas como mulas con las bolsas de la compra. Para rematar la jugada y sumirnos en la depresión, adelantamos a una anciana coja con rodillera ortopédica, que aparece justo detrás de nosotros durante las siguientes dos horas cada vez que paramos a descansar. ¿Pero qué coño se toma la cojitranca para ir al mismo rito que nosotros?
Total, que durante el resto del día avanzamos, nos paramos a descansar, le vamos cogiendo cariño a la gente con la que nos cruzamos y por fin llegamos al kilómetro 69. Bueno, llego yo. Mi amigo Paco, que anda un poco escocido y camina como si hubiera pasado una noche loca en el cuarto oscuro de una discoteca de ambiente, aparece unos 15 minutos después. Mientras le espero para que me haga una foto delante del mojón que señala tan insigne kilómetro, pasa por delante de mí la banda de la bolsa de la compra. Me preguntan que qué hago plantado en un 69 y yo, pipiolo que soy, les contesto que esperando a alguien que me haga pecar para que en Santiago me absuelvan de eso también. Craso error, la mirada de depredadoras que han puesto me ha recordado a las hienas del tren. Menos mal que aparece Paco por la curva…
En fin, que aunque cansado he llegado al final de la etapa, he buscado habitación en un hotel (el albergue está completo y hoy me ducho. Llamadme pijo si queréis) y tengo la sana intención de comer algo y pegarme una siesta de emperador en cuanto aparezca Paco.
Después de dormir un rato, nos hemos ido a cenar y luego hemos tomado unas copas con las fuerzas vivas del pueblo. Así que ya estamos más que listos para poner la barca de Morfeo rumbo al país de los sueños. Espero que esta noche no se me aparezcan robots asesinos con chanclas de playa ni aquelarres de marujas con bolsas de la compra.
Mañana será otro día.
Continuará…
Comenzamos la jornada de viaje y, ¡premio!, está lloviendo. Y sigue lloviendo hasta que se me empapan las tres capas de ropa que llevo puesta (sí, ayer tomé buena ropa del clima y hoy me he puesto dos camisetas y una sudadera que me he comprado). Hoy parece que nuestros compañeros de viaje van a ser las señoras de entre 45 y 55 años. Primero nos cruzamos con “The chanclas Challenge” que nos adelanta a toda leche vestida con pantalones cortos de felpa de mercadillo, un jersey recuerdo de Albacete y un chubasquero cutre de los que se venden en las atracciones de Port Aventura. Pero lo impresionante de verdad son las auténticas chancletas de playa que calza con calcetines de lana. Mientras nos deja atrás, creo que paco y yo nos preguntamos avergonzados que para qué narices tanta bota de montaña. Poco después nos adelanta una trouppe de marujas que en lugar de mochilas cargan con bolsas de Carrefour. Si uno se para a pensarlo tiene su lógica. Esas señoras, mochila no han llevado en su vida, pero sin embargo tienen el culo pelado de ir de un lado a otro a carrera de mandamiento, cargadas como mulas con las bolsas de la compra. Para rematar la jugada y sumirnos en la depresión, adelantamos a una anciana coja con rodillera ortopédica, que aparece justo detrás de nosotros durante las siguientes dos horas cada vez que paramos a descansar. ¿Pero qué coño se toma la cojitranca para ir al mismo rito que nosotros?
Total, que durante el resto del día avanzamos, nos paramos a descansar, le vamos cogiendo cariño a la gente con la que nos cruzamos y por fin llegamos al kilómetro 69. Bueno, llego yo. Mi amigo Paco, que anda un poco escocido y camina como si hubiera pasado una noche loca en el cuarto oscuro de una discoteca de ambiente, aparece unos 15 minutos después. Mientras le espero para que me haga una foto delante del mojón que señala tan insigne kilómetro, pasa por delante de mí la banda de la bolsa de la compra. Me preguntan que qué hago plantado en un 69 y yo, pipiolo que soy, les contesto que esperando a alguien que me haga pecar para que en Santiago me absuelvan de eso también. Craso error, la mirada de depredadoras que han puesto me ha recordado a las hienas del tren. Menos mal que aparece Paco por la curva…
En fin, que aunque cansado he llegado al final de la etapa, he buscado habitación en un hotel (el albergue está completo y hoy me ducho. Llamadme pijo si queréis) y tengo la sana intención de comer algo y pegarme una siesta de emperador en cuanto aparezca Paco.
Después de dormir un rato, nos hemos ido a cenar y luego hemos tomado unas copas con las fuerzas vivas del pueblo. Así que ya estamos más que listos para poner la barca de Morfeo rumbo al país de los sueños. Espero que esta noche no se me aparezcan robots asesinos con chanclas de playa ni aquelarres de marujas con bolsas de la compra.
Mañana será otro día.
Continuará…

0 Comments:
Publicar un comentario
<< Home